Imagina que estás de viaje en el medio oriente y de pronto te rapta un grupo de musulmanes terroristas. Te meten en una celda apestosa; amarran tus manos y ponen una bolsa sucia sobre tu cabeza. Después de pasar días sin comer, de repente te sacan afuera y con violencia te hacen arrodillarte. Sientes el calor infernal del desierto que quema contra tu piel y un sol tan fuerte que te hacer querer desmayar. De pronto te quitan la bolsa que llevabas atada sobre la cabeza y eventualmente llegas a ver que te rodea una multitud de hombres vestidos de negro, cargando enormes ametralladoras y espadas largas que brillan con el sol. Hay una cámara delante de ti que ya está rodando. Sientes un dolor punzante en la nuca de una espada afilada.

“¿Es Jesús el hijo de Dios?” te grita un hombre inmenso, con la cara tapada de negro que también lleva escritura en árabe.
¿Qué dirías? ¿Estarías dispuesto a dar la vida por tu fe en Cristo como tu Dios y Salvador?
Escenas así están ocurriendo como rutina en el medio oriente en nuestros tiempos, y de seguro seguirá empeorando. Pero no es un dilema nuevo, pues es parte de ser seguidor de Cristo. ¿Qué debe hacer un cristiano al encarar la tortura o la muerte por su fe?

[pullquote align=”left” cite=”” link=”” color=”#FF6E09″ class=”” size=””]Jesús declaró: “Les digo la verdad, a todo el que me reconozca en público aquí en la tierra, el Hijo del Hombre también lo reconocerá en presencia de los ángeles de Dios. Pero el que me niegue aquí en la tierra será negado delante de los ángeles de Dios” (Lucas 12:8-9, NTV).[/pullquote] Uno de los grandes héroes de la fe en la Historia de la Iglesia fue Policarpo, anciano de la iglesia en Esmirna, que hoy está en Turquía moderna. Él se rehusó a negar a Cristo, mostrando humildad pero también fuerza interna al pararse en contra del gobierno de su día y declarando su fe en el Señor Jesús.

Policarpo nació en el año 69 d.C. y murió como mártir en 156 d.C. Era un discípulo del último discípulo de Jesús en morir, el Apóstol Juan. ¿Te imaginas cuanto se podría haber aprendido de Juan, quién era el amigo más cercano del Señor Jesús? Bajo esta tutela, Policarpo llegó a ser un amado líder, predicador, y escritor reconocido entre la iglesia de esos tiempos. Se pueden leer varios de sus tratados hoy en día, la mayoría siendo comentarios expositivos sobre libros o pasajes Bíblicos.

Policarpo vivió en una época muy difícil para la iglesia, ya que sufrían de persecución de parte de judíos, gentiles (no-judíos), y a veces del mismo imperio romano. Los judíos les odiaban porque pensaban que distorsionaban el Antiguo Testamento, pues estos rechazaban que Jesús sea el Mesías. Los gentiles les odiaban porque veían que los creyentes vivían en una forma distinta y que miles dejaban la religión greco-romana por unirse a ellos. En lugar de buscar entenderlos preferían inventarse rumores para atacarles, guiados por los líderes de la falsa religión, quienes sin duda vivían de la venta de ídolos y ofrendas. Algunos emperadores y gobernantes de varias ciudades también buscaban matar a los cristianos, queriendo que sean públicamente avergonzados para así defender la religión oficial.
Uno de ellos fue el Emperador Nerón – hombre violento, ambicioso, y enloquecido por proteger su poder. Se dice que asesinó a su madre, decapitó a su esposa, y violentamente mató a su concubina embarazada a patadas sólo haber escuchado un rumor de que ellas buscarían tomar su poder. En su ambición decidió quemar los barrios marginalizados de Roma para construir más teatros, coliseos, y parques. Y, ¿a quienes decidió culpar? A los cristianos, un grupo pequeño, odiado, y mal-entendido.

Éste odio y rencor en contra de los creyentes sólo intensificó cuando veían que la Iglesia de Cristo seguía creciendo en formas asombrosas. El gobernante de la ciudad de Esmirna decidió hacer algo al respecto y mandó arrestar al cristiano de más renombre de la región, el anciano Policarpo. Éste líder reconocido de los cristianos fue arrestado por rehusar ofrecer un poco de incienso al emperador romano, una práctica común entre los paganos. De vez en cuando el imperio  mandaba que las personas hagan largas filas para tirar un pequeño monto de incienso sobre el altar para reconocer al emperador. Al cumplir este pequeño deber recibían una carta llamada el “libellus”, que servía como identificación y para demostrar que eran leales al imperio. Los cristianos se rehusaban dar este incienso al emperador, pues veían este acto no del lado político, sino religioso, pues Dios ha dicho: “No adores a ningún otro dios” (Éxodo 34:14a).
¿Dejarías que te maten sólo porque no tiraste un pequeño monto de incienso sobre un altar? Esa era la pregunta que los creyentes debían responder en esta época de terribles persecuciones.
Policarpo se convirtió en un gran ejemplo de valentía y fidelidad al Señor cuando se rehusó a ofrecer incienso al emperador. Tenía 86 años cuando soldados del gobernante llegaron a su hogar para arrestarlo por este crimen. Él salió y les saludó con alegría, invitando que estos entren a su casa para comer algo. La historia dice que los soldados quedaron sorprendidos y aceptaron la propuesta, comiendo con él anciano antes de buscar su arresto.

Cuando llegó el momento de arrestarlo, los soldados tuvieron pena por un hombre mayor y tan frágil. Le dijeron que le darían la libertad si sólo declaraba que Cesar era dios. Policarpo les respondió con firmeza: “Por 86 años le he servido [a Dios] y nunca me ha hecho algún mal. ¿Cómo podría ahora blasfemar contra mi Rey y Salvador?” Los soldados quedaron atónitos al ver la convicción el anciano, pero tuvieron que arrestarlo.

El gobierno de Esmirna organizó un enorme evento para presenciar la muerte del famoso cristiano, Policarpo. El coliseo central se llenó de personas ansiosas por ver correr sangre; los leones tiraban en contra de las pesadas cadenas que les sujetaban. Policarpo, encadenado y en trapos de criminal, fue presentado delante del gobernante y de la expectante multitud en las tribunas, quienes le abuchearon con fervor.
“Simplemente jura ser leal al Cesar,” declaró el gobernador, dándole una última salida al anciano.
“Soy un cristiano,” replicó Policarpo, “si desea entender eso deme un día y se lo explicaré.”
“Persuade al pueblo,” dijo el gobernador, apuntando a las masas que deseaban sangre.
“Yo deseo explicárselo a usted, pero no a ellos,” respondió Policarpo, buscando una oportunidad para compartir su fe donde tendría una audiencia justa.
“Entonces, ¡te tiraré a los leones!” gritó el gobernador, y todo el pueblo respondió con lo mismo.
“¡Trae a tus leones!” gritó de vuelta Policarpo, clavando sus pies con firmeza sobre el terreno arenoso del enorme coliseo.
“Si te burlas de los leones, entonces ordenaré que te manden al quemadero,” respondió el gobernador, con una sonrisa siniestra.
“Tu deseas que tenga miedo de un fuego que quema por una hora,” respondió el anciano con firmeza, “pero ¡te olvidas del fuego del infierno que nunca se apagará!”
El gobernador entonces declaró al pueblo, “Policarpo dice ser un cristiano.”
El pueblo entonces replicó su deseo: “¡Éste es el maestro de toda Asia, es el padre de los cristianos, el que destruye nuestros dioses!” Con eso le sentenciaron a muerte en su rabia.
Policarpo, orando en voz alta que el Señor acepte su vida como sacrifico, fue quemado en vivo en la estaca.
Lo que acabo de relatar es verídico. Realmente ocurrió.

Y tú, ¿estarías dispuesto a declarar tu amor por Dios y dar tu vida por Él?
Jesús nos enseñó que:

Si alguno de ustedes quiere ser mi seguidor, tiene que abandonar su manera egoísta de vivir, tomar su cruz y seguirme.
Si tratas de aferrarte a la vida, la perderás; pero, si entregas tu vida por mi causa y por causa de la Buena Noticia, la salvarás.
¿Y qué beneficio obtienes si ganas el mundo entero pero pierdes tu propia alma? ¿Hay algo que valga más que tu alma?
Si alguien se avergüenza de mí y de mi mensaje en estos días de adulterio y de pecado, el Hijo del Hombre se avergonzará de esa persona cuando regrese en la gloria de su Padre con sus santos ángeles. (Marcos 8:34-8)