El Dr. Martin Lutero King Jr. fue un cristiano afro-americano que peleó por los derechos de su pueblo en los Estados Unidos hace medio siglo. El declaró: “Todo aquel que no tiene algo por lo cual moriría, no es merecedor de la vida.” El Dr. Martín fue asesinado por un enemigo de los afro-americanos cuando estaba en la plenitud de su vida. Dejó un legado de haber defendido la igualdad humana tal como Dios había declarado en Su Palabra.

Y tú, ¿tienes algo por lo cual tu darías tu vida?

Anastasio de Alejandría (296-373 d.C.; también conocido como Atanasio) es uno de mis héroes de la fe, pues estuvo dispuesto a dar su honor y hasta su vida para defender las doctrinas primarias y no-negociables de la Palabra de Dios. Para entender a este personaje y los peligros que corría, debemos primero entender el contexto en la cual vivía.

La Iglesia de Cristo sufrió mucho en los primeros trescientos años, amenazada por judíos y gentiles que les perseguían y les odiaban. Luego el mismo gobierno empezó a perseguir cruelmente a la Iglesia, iniciado por el Emperador Decio y el “Edicto de 250” del mismo año, cuyo designio era erradicar al cristianismo de la faz de la tierra. Durante los próximos sesenta años esta persecución gubernamental se intensificó. En el año 303 surgió quizá el más temible de todos los emperadores, Diocleciano. Este llenó todo su imperio de soldados y espías que buscaban a cristianos en toda parte, deseando cumplir el edicto de Decio que nunca se cumplió en su totalidad. Miles de miles de cristianos fueron torturados, encarcelados, masacrados, dado como comida a los leones, o descuartizados por gladiadores. El público amaba tales espectáculos, pero la permanencia y valentía de los creyentes era algo imposible para su entendimiento. Esta terrible época, quizá la peor en la historia humana hasta hoy, tomó 8 años y se conoce como la “Gran Persecución”.

Entonces surgió un general quien deseaba tomar el imperio para sí mismo y en 313 d.C. lo logró, tomando el título de Emperador Constantino. De pronto el nuevo emperador sorprendió a todo el imperio al sacar el “Edicto de Milán” en ese mismo año. Este nuevo mandato declaraba que el cristianismo ya no sería perseguido, ¡ahora sería la religión favorecida del imperio! Fue un cambio drástico y cambió por siempre la historia humana. Hombres y mujeres que antes tenían que esconderse en huecos y en catacumbas ahora tenían el apoyo real para seguir su religión.

¿Por qué este cambio de posición tan drástica? Constantino declaró de que Dios mismo se le había presentado en una visión, y que tal visión le había mostrado como ganarse el trono del imperio. Pero Constantino nunca cambió su forma de vida y sólo se bautizó en el día de su muerte, demostrando que probablemente nunca fue un creyente. Entonces, ¿cómo explicamos el cambio?.

Si hay algo que uno debe entender el la historia mundial, es que las grandes decisiones saben ser tomadas por una de tres razones: el poder, el dinero, o el amor. En este caso era el primero, siendo la más común y potente de todas, también conocido simplemente como política para la mente astuta. Constantino vio que el cristianismo había llegado a ser la religión más grande de todas, pues cuanto más lo perseguían, tanto más crecía. Hay un viejo dicho: “si no puedes contra ellos, únete a ellos.” Constantino vio cuan útil sería tener al cristianismo como la religión del imperio, y buscó de esta manera agradar al pueblo al traer paz a las masas.

Los cristianos agradecieron a Dios por su bondad y gracia, pues era impensable lo que les ocurrió. Un día eran perseguidos por los soldados romanos y el siguiente dados la protección del mismo emperador. Pero cuando al calmarse la persecución, apareció otro terrible peligro – falsos maestros. Todos los que antes eran sacerdotes de la religión greco-romana y su enorme plétora de dioses, ahora deseaban “convertirse” en cristianos. Tal como se decir a mis alumnos: “todo el mundo y su perro querían ser cristianos ahora.” Los que se unieron a la iglesia cristiana sabían muy poco sobre la Biblia o de Cristo, pues la religión para muchos era un pasatiempo, un opio, o una forma de ganarse la vida.

Historiadores cristianos llaman esta época la “Era de las Herejías” por esta razón, pues la cristiandad fue inundada de un imposible número de nuevas doctrinas, ideas, y tradiciones prestados de otras religiones. Algunos declaraban que sólo había un Dios, negando la Trinidad. Otros decían que Jesús era un fantasma que nunca tuvo carne humana y así nunca murió. Otros anunciaban que sólo aceptarían la parte de la Biblia escrita por gentiles, mutilando la Palabra al repudiar todo que no fuese escrito por Pablo y Lucas. Y otros declaraban que existían tres dioses distintos, rechazando la unidad de Dios como expresado en la Trinidad.

La herejía más popular y por eso la más peligrosa de todas no era una de estas. El Arrianismo era el mayor peligro que corría la Iglesia en este momento, siendo expuesto por un predicador carismático de África del Norte llamado Arrio. El enseñaba una falsa doctrina sobre Jesús, diciendo que Jesús fue la primera creación de Dios, siendo literalmente el hijo de Dios. Jesús entonces había creado al universo y venido al mundo como las Escrituras declaran. El cambio era pequeño, pues Arrio decía que Jesús era un dios, pero no el Soberano Dios. Con esto el rechazaba la Deidad perfecta de Cristo y también descartaba la Trinidad. Esta herejía se hizo tan popular y tanta era la ignorancia de la verdad que se dice que ¡nueve da cada diez líderes de iglesia apoyaban esta falsa doctrina!

El Emperador Constantino vio que era problemático tener una iglesia dividida, entonces decidió llamar un concilio para callar a ese diez por ciento que no dejaban al pueblo en paz. Verán que a Constantino no le importaba la verdad, sino simplemente la tranquilidad – argumentaba de que la religión debía traer paz, no discusiones y pleitos.

En 325 d.C. se llamó el Concilio de Nicea, en el mismo palacio del emperador en la ciudad de Nicea, actualmente en Turquía. Trescientos líderes estuvieron presentes, entre ellos un joven diacono llamado Anastasio que provenía de la ciudad de Alejandría en Egipto. Este acompañó al anciano mayor de la iglesia, llamado Alejandro. Alejandro defendió la ortodoxia (o “las verdades Bíblicas”), y tal fue la fuerza de su argumento que cambió el pensar de los líderes en contra de Arrio. Se decidió que el Arrianismo era una herejía que debía ser repudiada y para sellar la convicción escribieron el famoso Credo Niceno. El documento se centraba sobre el Señor Jesucristo como enteramente Dios y hombre:

[pullquote align=”right” cite=”” link=”” color=”#FF6E09″ class=”” size=””]Creemos en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado y no creado, de la misma naturaleza del Padre.[/pullquote] Sólo dos se rehusaron a firmar el documento y todos se fueron muy alegres y en gran unidad. ¿Entonces donde entra Anastasio, el joven diacono que estuvo presente ahí? Es penoso decirlo, pero los líderes que escribieron y firmaron ese documento pronto dejaron atrás lo que habían declarado ahí, otra vez tomando el lado de Arrio. Quizá Arrio era un tremendo predicador y escritor, llegando a convencer otra vez a las masas y así a los líderes. Quizá los líderes no lo veían urgente el defender las verdades primarias de la Biblia, ya que muchos veían el cristianismo como un trabajo en lugar del centro de su ser. Es probable que estas dos cosas influenciaban, pero quizá ninguna tan fuerte como el peso político. Verán que la Iglesia de Cristo se había ligado al Imperio Romano, un lazo que traería tan terribles consecuencias. Subsiguientes emperadores, queriendo apaciguar las masas, tomaron un lado u otro del debate entre el Arrianismo y la ortodoxia, influenciados no por la Biblia pero por el voto popular.

Fue entonces que Anastasio, ya convertido en anciano y líder de la iglesia en Alejandría, tuvo que levantar la voz y el pincel para defender la verdad. Durante la mayor parte de su vida el formaba parte del diez por ciento que repudiaba al Arrianismo como enseñanza diabólica y de sumo peligro a la Iglesia. En su iglesia el predicaba en contra del Arrianismo, usando la Palabra de Dios como su base, y siempre buscando nuevos argumentos para callar la mentira del Arrianismo. Pocos le escuchaban y muchas veces se sentía solo y abandonado. Aun así él resolvió que nunca dejaría a Dios y Su verdad, aún si todos le negarían, él seguiría firme.

Anastasio fue anciano y líder en su iglesia por cuarenta y seis años, pero por la turbulencia política del tiempo tuvo que pasar diecisiete de estos en el desierto, exiliado en cinco ocasiones como perturbador de la paz y traidor. Muchos intentaban callarle y otros matarle. Me pregunto si yo hubiera mantenido mi fe en tales circunstancias, viviendo en las cuevas entre medio del insoportable calor del desierto. Me pregunto si podría sentir propósito y valor para seguir no pudiendo hablar con otros, ni predicar la verdad, ni poder usar mis dones para edificar a otros. Tal fue el sufrimiento y la soledad de Anastasio que él era conocido con el apodo Anastasio contra mundi, en latín.

Este hombre nunca se dio por vencido: cuando no le dejaban predicar, ni andar por las calles de Alejandría, teniendo que vivir como ermitaño, él vio una nueva oportunidad. Hermanos de su iglesia le trajeron sus libros, pinceles, y hojas; así pudo pasar sus días en estudio profundo de la Palabra de Dios. Escribió una gran cantidad de libros, llenándolos con argumentos Bíblicos en contra de Arrianismo y comprobando que Cristo tenía que ser enteramente Dios y hombre para poder ser nuestro Salvador. Argumentó que si Cristo no era Dios, entonces no era perfecto y sólo un sacrificio perfecto puede quitar el pecado del hombre. Argumentó que si Cristo no era hombre, entonces no podría haber muerto en la cruz para pagar por nuestros pecados. Concluyó que Cristo tenía que ser enteramente Dios y hombre en una sola persona, la definición exacta de la Encarnación, una doctrina primaria y no-negociable de la Palabra de Dios.

En 373 d.C. Anastasio murió, habiéndose esforzado mucho pero sin muchos resultados. Me pregunto si él murió con tristeza y el corazón lleno de oraciones por la Iglesia de Cristo que tanto amaba, cual se despedazaba delante sus ojos. No sabía el tremendo cambio que estaba a sólo unos años. Bien se han preguntado los teólogos e historiadores: Si no fuera por Atanasio, ¿seríamos todos Arrianos hoy?.

Fue en 381 d.C. que el segundo gran concilio del siglo fue llamado, esta vez por el Emperador Teodosio I. Cientos de líderes de las iglesias se reunieron para debatir otra vez este tema, y otra vez la vasta mayoría eran Arrianos. Los que argumentaron por la ortodoxia usaban la Biblia como su centro, con el tremendo e impactante aporte de los libros de Anastasio, que habían sido publicados y esparcidos por todo el mundo. Al explicar los argumentos del ya difunto Anastasio, se dice que todos quedaron conmovidos por las pruebas lógicas y Bíblicas del teólogo. Concordaron que el Credo Niceno debería ser defendido en su totalidad, y aún tomaron pasos para hacer más firme la enseñanza. Si alguien no aceptaba la Encarnación de Jesús como enteramente Dios y hombre se les advertía: “a éstos anatematiza la iglesia universal.”

La fidelidad y valentía de Anastasio es algo muy imitable, viendo cómo él sufrió tanto para defender el nombre de Cristo. Él estaba dispuesto a ir en contra del voto popular, dejar atrás su comodidad y tranquilidad, y vivir como un ermitaño en el calor infernal del desierto. Todo esto y más por defender la inmovible convicción que tenía en su Dios y Salvador, el Señor Jesucristo.

Serie Héroes 1 – Policarpo