Si la Iglesia de Cristo alguna vez tuvo una Era Dorada, quizá fue en los tiempos de Agustín, donde grandes teólogos surgieron, difíciles temas doctrinales se decidieron, y el Evangelio fue claramente expuesto en todo el mundo conocido.  Pero los años subsiguientes hasta los inicios de la Reforma en 1517 d.C. fueron quizá los más sombríos. Entre Agustín de Hipona y Francisco de Asís cayó el Imperio Romano, se vivió la “Edad de las Tinieblas”, los Papas surgieron, y el Evangelio se perdió casi enteramente. La historia de estos sucesos es larga, confusa, y sobretodo triste. Y después de la muerte de Francisco las cosas sólo empeorarían en los 300 años antes de la época de Martín Lutero.

En los años de Agustín se empezó a ver como tambaleaba el Imperio Romano. En 410, Roma casi fue tomado por los Visigodos, fuertes guerreros del norte que la gente llamaba “bárbaros” porque no eran tan civilizados ni muy cultos. En 455 los Visigodos atacan de nuevo, esta vez liderado por el famoso rey bárbaro Atila el Huno. León el Grande hizo un pacto de paz con Atila, pues el Emperador de la ciudad había huido en terror. León luego intentó tomar el gobierno, ya que no había Rey, y se auto-declaró líder religioso y político. Sería correcto decir que fue el primero en pensarse Papa, aunque el pueblo le repudió por tal propuesta y nunca pudo tener el poder que codiciaba.

En 476 los Visigodos llegaron por tercera y última vez, tomando Roma y hundiendo a todo el imperio en caos, violencia, y anarquía. A raíz de esto los siguientes 300 años son conocidos como la “Edad de la Tinieblas”. Para proteger su pureza, un gran número de creyentes decidieron irse a vivir justo afuera de las ciudades y pueblos, ahí construyendo pequeños fuertes que podrían protegerles de las constantes guerras entre ciudades. Estos lugares eran abiertos al pueblo, funcionando como iglesias, escuelas, y hospitales. Los miembros que vivían ahí se dedicaban al trabajo comunal, al estudio cuidadoso de la Palabra de Dios, a la copia minuciosa de la Biblia a mano, y a la educación de los ciudadanos que venían en masa. Eventualmente estos lugares se fueron cerrando más y más, y reglas exageradas fueron impuestas sobre sus vivientes, incluyendo que no debían casarse y que deberían sujetarse a su un líder terrenal como si fuese Dios. Luego estos lugares llevaron el nombre de monasterios, sus miembros se conocían como monjes y sacerdotes, y sus líderes se llamaban padres. ¡Vean como algo con tan buenos inicios puede hundirse en maldad y esclavitud!

Luego vino un peligro aún más grave, un enemigo que parecía indomable – el Islam. El Imperio Islámico, iniciado por Mahoma en 630 en Arabia Saudita, se expandió con enorme velocidad y en sólo 100 años, llegaron a dominar todo el Medio Oriente y África del Norte, también tomando una buena parte de Turquía y España. Para este entonces ya existían Papas, quienes habían tomado el lugar político de los Emperadores Romanos. El Papa temía perder Europa y por eso hizo un trato con el poderoso rey bárbaro de Francia, Carlos “El Martillo” Martel, quien sorprendió al mundo al derrotar al enorme ejercito musulmán en la “Batalla de Tours” al sur de Francia en 732. Por su trabajo el Papa les declaró “salvadores de Europa” a estos paganos, y les dio el poder de Europa a los reyes Francos. Muy pronto un subsiguiente Papa le quitaría esta autoridad, a base de un documento falsificado conocido como “La Donación de Constantino” que declaraba al Papa como el supremo líder puesto por Dios mismo.

El nieto de Martel, el famoso Carlomagno, fue quién sacó a Europa de la edad obscura, construyendo escuelas y bibliotecas, impulsando el crecimiento de arte y cultura sana y el estudio de la Biblia sobre todo. Esta época se llama el “Renacimiento Carolingio”, nombrado en honor a Carlomagno, y es reconocido como el inicio de la “Edad Media”, que fue entre los 800 hasta los 1500, aproximadamente.

Aquí es donde encontramos a nuestro héroe, Francisco (1182-1226), nacido en Asís justo al norte de Roma en uno de los tiempos más turbulentos y corruptos en la Historia de la Iglesia. Francisco vivió en un mundo donde se hablaba mucho de Cristo, pero pocos sabían Quién era ni que significaba ser Su discípulo. Es por eso que Francisco es un enigma, un contraste vivo de que significa servir a Cristo cuando los demás sólo juegan a la religión.

La Iglesia Romana Católica reconoce a Francisco como un santo y un héroe suyo, pero la evidencia muestra que él en realidad fue un rebelde silencioso en contra de sus corrupciones.

st_francisEl Papa Inocencio III era el líder supremo en esta época, que aunque algunos dicen que él mismo era temeroso de Dios, sus cardenales amaban la herejía, la guerra, y la ganancia deshonesta. En el año 1215 se llevó a cabo el IV Concilio de Letrán, evento que llevaría a la Iglesia Romana Católica a ser reconocida como hereje y enteramente contraria a la Palabra de Dios. En este concilio se declaró lo siguiente: las Cruzadas serían usadas en contra de los musulmanes, la Santa Inquisición sería usada en contra de herejes, y los 7 Sacramentos serían adoptados como el único medio de salvación.

Las Cruzadas implicaban tomar soldados de toda Europa y marchar en contra del Imperio Islámico, con la intención de retomar la Tierra Prometida. De las cuatro grandes Cruzadas, sólo 1 cumplió su propósito, ganaron una batalla pero perdieron la guerra. Francisco, que vivía en estos tiempos y que tuvo que ir a la fuerza a una Cruzada, vio la terrible hipocresía en esto. ¿Acaso amar a tu enemigo es tomar una espada y clavársela en el pecho? En un poema declaró el mandato de Cristo para Sus seguidores:

Señor, hazme un instrumento de Tu paz,
Donde hay odio, ayúdame a traer amor;
Donde hay rencor, traer perdón;
Donde hay dudas, traer fe;
Donde hay desesperación, traer esperanza;
Donde hay obscuridad, traer luz;
Donde hay tristeza, traer gozo.

La Santa Inquisición fue una maquinación de la Iglesia Romana Católica para enriquecerse, violando las leyes básicas que Dios ha dado para proteger a todo ser humano. Miles de miles fueron arrestados sin evidencia contundente, sus supuestos crímenes nunca se les contaba, no tenían abogado, y el inquisidor funcionaba como juez, torturador, y verdugo. Todo lo que les pertenecía a ellos y a cualquier familiar suyo fue inmediatamente dado a la Iglesia Romana Católica, por eso los más ricos eran los más buscados. En el raro caso que no quede preso o peor muerto en la estaca en un auto de fe, evento público donde se quemaba en vivo a los “herejes”, no se les devolvía sus bienes.

Francisco repudiaba tales actos y predicó en contra de tales cosas con su voz, pero aún más con su vida. Él veía la hipocresía creciente: como sacerdotes y cardenales dormían en lujo y comodidad, rodeado de dinero y mujeres, mientras que el pueblo moría de hambre y sufría el terror asfixiante de la Inquisición. Viendo tal contraste, Francisco quiso identificarse con el pueblo, vistiéndose como ellos y dando lo poco que tenía a los pobres. Dijo Francisco: “De nada vale caminar a algún lugar para predicar, a no ser que nuestro caminar sea también nuestro predicar.”

En cuanto a los 7 Sacramentos y el camino de salvación, es difícil decir cuánto Francisco entendía del Evangelio. Quizá el nunca expuso claramente el Evangelio en sus escritos ni atacó el Papado ni las herejías de la Iglesia Romana Católica. Pero yo diría que él hizo más, pues con su vida demostró la corrupción y la vanidad de la mayoría de los cleros católicos. Se puede decir que el deseo más profundo en la vida de Francisco era ser como Cristo – pensar, actuar, y andar como Él anduvo.

[pullquote align=”right” cite=”” link=”” color=”#FF6E09″ class=”” size=””]¿Cómo llegó Francisco a tomar pasos tan radicales para seguir a Cristo? La Iglesia Romana Católica le tilda de santo hoy, pero es claro que él se opuso rotundamente a sus corrupciones. Fue su amistad con el Papa Inocencio III que le defendió de la Santa Inquisición.[/pullquote]Verán que Francisco nos enseña algo muy importante sobre Jesús, pues Él nunca vino para que hagamos una “oración de salvación” y luego continuemos en nuestra vana manera de vivir. Jesús quiere transformar nuestra mente, desea que vivamos para el próximo mundo, dejando atrás esta vida y sus placeres para encontrar satisfacción y propósito en Él: “Si quieres ser mi discípulo, debes aborrecer a los demás —a tu padre y madre, esposa e hijos, hermanos y hermanas— sí, hasta tu propia vida. De lo contrario, no puedes ser mi discípulo. Además, si no cargas tu propia cruz y me sigues, no puedes ser mi discípulo” (Lucas 14:26-7, NTV). Debemos amar e imitar tanto a Cristo que nuestros otros amores, como familia o amigos, quedan enteramente secundarios al amor que tenemos hacia Cristo.

Francisco era hijo de padres muy adinerados e importantes en la ciudad de Asís. Él era el hijo prodigio de su ciudad, siendo el centro de atracción para todos por su carisma y posición. Mujeres le perseguían, fiestas se llenaban en su honor, y luego admitió que la lujuria y el orgullo le consumían en esos tiempos.

Cuando la ciudad de Asís fue a la guerra, él se enfermó y le frustró mucho quedarse atrás. Pero cuando casi todos en el regimiento murieron en esa batalla, supo que Dios le había guardado y que tenía un plan para él. Desde entonces se hizo un joven muy pensativo y pasaba horas a solas meditando sobre la dirección de su vida.

Un día su padre le mandó a otro pueblo para vender mercaderes. En el camino vio a un leproso cerca del camino, ocultándose por su vergüenza y cubierto de terribles llagas contagiosas. En ese momento Francisco dijo sentir algo que nunca había sentido antes – tuvo compasión del leproso y quiso ayudarle. Se bajó de su caballo fue hacia el hombre y le abrazó con cariño, dejándole estupefacto al pobre vagabundo.
De nuevo su padre le mandó a otro pueblo para vender mercaderes. A la vuelta, el joven Francisco vio una iglesia decaída y en su corazón se propuso dar una buena suma de dinero para que sea reconstruida. Su padre quedó furioso, ya que era su dinero, y Francisco huyó a esa misma iglesia buscando refugio. Su padre prometió matarle por su traición, pero la iglesia legalmente le podía dar asilo al joven. El sacerdote ahí sabiamente dijo a Francisco que debía volver y reconciliarse con su padre, humildemente pidiéndole perdón.

En el medio de una misa importante en Asís, con su padre sentado en los lugares de honor, Francisco sorprendió a todos al entrar a la catedral y ponerse delante de su padre. Entonces dijo a su padre ante toda la congregación: “Mi señor, con alegría le retornaré no sólo todo el dinero que le pertenece, sino también toda mi ropa.”

Entonces entró al cuarto del obispo, se quitó su ropa y lo dobló, poniendo todo el dinero sobre la ropa y presentándose ante la congregación atónita. Aquí el hijo de un hombre rico y poderoso, un joven carismático y honrado: hincándose en humildad ante su padre y enteramente desnudo ante los ojos de todos en la catedral. Entonces declaró: “Me he propuesto servir a Dios.” Dejó en silencio a toda la congregación, repudiando así la fama, el dinero, y el poder, dispuesto a seguir a Cristo, a toda costa.

A Francisco de Asís le tildan como un santo de la Iglesia Romana Católica: amigo de los animales, el ecologista, y el poeta. Pero se ha visto que esta es una ficción, un mito para ocultar al verdadero Francisco – un seguidor de Cristo y un rebelde secreto contra los abusos crecientes de la Curia.

Aunque murió antes de cumplir 45 años, había viajado a cientos de pueblos predicando la Palabra de Dios, ayudando a los pobres, y discipulando a sus seguidores. Al final de todo, reflexionó: “Si Dios puede usarme a mí, Él puede usar a cualquiera.” La clave es la disposición, el humillarse ante Dios y dejar que Él nos exalte en su debido momento.

En medio de un mundo obscuro y una iglesia cada vez más corrompida y llena de avaricia, Francisco fue un testimonio del poder transformativo de Jesús. Cristo no quiere sólo que llenemos los bancos en la iglesia, o que prediquemos desde los púlpitos, sino que salgamos y seamos las manos y los pies de Cristo. Me quedo con un dicho de Francisco que más me toca el corazón, tomando en cuenta su época:

Predica la Palabra en todo momento, si te es necesario, usa palabras.

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