Se han escrito más biografías acerca de un monje alemán que quizá cualquier otra persona de la historia. Uno que hizo tambalear al potente Imperio Romano Católico con su pluma y avergonzó al papado con su celo santo. Sobre Alejandro Magno, Platón, Cristóbal Colón, y tantos otros resuena el nombre de Martín Lutero, el catalizador de la Gran Reforma que transformó al mundo hace medio milenio. El impacto de Martín Lutero ha sido global – estatuas de él se encuentran a la entrada de grandes universidades, sus dichos inscritos en piedra, y su teología ha marcado al cristianismo como ningún otro desde Agustín. Su historia es fascinante y esencial al entendimiento de la Historia de la Iglesia.

Durante los 300 años entre la de Francisco de Asís y Martín Lutero, la inmoralidad y herejía de la Iglesia Romana Católica creció como gangrena, quitando al pueblo la Palabra de Dios, imponiendo incontables tradiciones, y exigiendo ofrendas exageradas como si fuesen impuestos. Para defender su imperio y asegurarse de que nadie se atreva a contradecirles, usaron la temible Santa Inquisición para torturar y masacrar a miles de miles, una gran cantidad siendo creyentes que secretamente adoraban a Dios.

Fue en el clímax de estos terribles sucesos que Martín Lutero nació en el pueblo de Eisleben en el año 1483, al noreste de Alemania. Fue en una tarde de nubes tenebrosas en 1505, cuando éste tenía poco más de veinte años, que su sorprendente viaje a la liberación empezó. Siendo ya un alumno de la universidad, Martín estaba de ida a una aldea cuando empezó a llover a torrentes. De inmediato empezó a correr hacia su casa por el lodo pesado que llenaba su camino, cuando un tremendo rayo cayó justo en frente, dejándole casi ciego la brillante luz. Se cuenta que el rayo potente hizo que se tire al lodo en terrible susto, y de pronto supo que esa descarga debería haberle matado. En su temor buscó escapar de lo que pensaba ser la terrible ira de Dios por sus pecados, y gritó: “¡Santa Ana, sálvame y me haré monje!” como un buen católico.

Su padre repudió su decisión de hacerse monje, pues era pobre y había invertido mucho en la educación de su hijo brillante, esperando que este le ayudara en su vejez. Para hacer las cosas aún peor, el joven Martín escogió unirse a los monjes Agustinianos, una orden muy estricta y con poco futuro monetario. Martín perseveró en su decisión y empezó una vida de lo que pensaba ser devoción a Dios. Inspirado por la memoria de ese rayo que le debía haber matado, se llenó un constante miedo de Dios, Quién él pensaba estar siempre enojado e imposiblemente alejado del hombre, y por eso hizo todo lo posible para apaciguar Su ira. Su dedicación exagerada a la Iglesia y a sus tradiciones les hacía pasar gran vergüenza a sus superiores en el monasterio. [pullquote align=”right” cite=”” link=”” color=”#FF6E09″ class=”” size=””]Años más tarde Lutero meditó: “Si alguno pudiera salvar su alma por ser buen monje, habría sido yo. Todos los hermanos de mi monasterio son testigos de esta verdad. Si me hubiera quedado ahí más tiempo, me hubiera matado con las vigilias, oraciones, estudios, y otros esfuerzos.”[/pullquote]

Martín residió diecinueve años bajo la estricta rutina del monasterio, primero sintiéndolo como un hogar santo, pero luego llegando a verlo como una jaula que sólo empeoraba el dolor de su alma. Día y noche estaba atormentado por la visión de un Dios airado, siendo tan exaltado y perfecto que era imposible que el mero hombre le alcance. Esta realidad le llenó de enfermedades crónicas y angustias mentales. Para aliviar su dolor, Martín se confesaba todos los días, ¡a veces por seis horas a la vez! En una ocasión, Martín tardó tanto en el confesional, que llevó al Padre a la frustración: “Mira,” exclamó el cura exhausto, “si quieres que Cristo te perdone, ven con algo fuerte para confesar – homicidio, blasfemia, o adulterio – en lugar de estos pecaditos.” Pero Lutero insistía en repasar todos los pecados de su vida, agotando sus fuerzas recontando todo pecado, aún los pecados de la mente. Él argumentó según las reglas de la tradición católica: explicó que, para tener el perdón de algún pecado, debe primero ser confesado. Para que algo sea confesado, debía ser recordado y reconocido, sino sería imposible absolver la culpa delante de Dios. Si un pecado no era confesado, no podía ser perdonado, y el hombre queda condenado delante de un Dios justo y omnisciente.  Esto era el impasse que asechaba la mente de Lutero – pues ya que uno no podía recordar todos sus pecados para confesarlos, Dios siempre se justificaría en condenar al hombre.

luteroUn don importante que siempre tuvo Lutero fue la fe – lo que él creía ser verdad lo aceptaba y lo llevaba al extremo. Él creía que un sólo pecado podría condenar al hombre al infierno, y en esto acertó, poco a poco reconociendo que el camino de la perfección es imposible para el humano. Tal era la terrible aflicción que consumía la mente del monje Lutero, perdido en su cuerpo de muerte y sin ninguna esperanza en sus pobres esfuerzos.

En su intento imposible de apartarse del pecado, este monje intentó muchas cosas; entre estos sabía practicar un ascetismo riguroso – el torturar el cuerpo de uno mismo para intentar quitar de la mente las pasiones mundanas. Pocos monjes practicaban esto, pues estaban claramente enamorados con el pecado y el materialismo. Pero aún el ascetismo lleva a caer en otro pecado cuando se causa daños físicos, ya que nuestro “cuerpo es el templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19a, NTV). El ascetismo daba a Lutero la falsa seguridad de haber pasado horas, quizá días “sin pecar”, pero al decirlo abiertamente su mente se llenaba de orgullo e hipocresía. Fue el Apóstol Juan que nos advirtió de este peligro: “Si afirmamos que no hemos pecado, llamamos a Dios mentiroso y demostramos que no hay lugar para su palabra en nuestro corazón” (1 Juan 1:10).

En su esfuerzo, Martín solía practicar un ascetismo peligroso durante el año redondo. Lo hacía aún durante el invierno alemán, famoso por su frio extremo con unos vientos violentos que parecían congelar el mismo corazón. Martín cerraba su puerta con llave y luego abría la ventana para que entrara el frio junto con la nieve y el viento. Ahí se desnudaba y se arrodillaba en el piso en oración, sacando látigos cuya punta a veces llevaba pedazos de metal y hueso afilado. Entonces hacía sus oraciones, mientras que sangre corría por su espalda hacia el piso helado. Cuando los otros monjes ya no podían oír sus gritos de dolor, iban a tocar la puerta y él les respondía en susurros dolorosos. Después de dos o tres días así, Martín dejaba de responderles, y así los otros monjes abrían la puerta a la fuerza y le encontraban tirado en el piso: hambriento, cubierto de sangre, azul por el terrible frió, y a veces inconsciente. Entonces ayudaban al monje a recobrar sus fuerzas, sanando sus heridas, y dándole de comer. Pero en cuanto mejoraba, Lutero otra vez entraba a su cuarto, cerraba la puerta, abría la ventana, y se empezaba a flagelar de nuevo. Tal era su miserable vida como monje.

Vemos el efecto de la Ley de Moisés en la vida de Lutero, pues “la ley fue nuestra tutora hasta que vino Cristo” (Gálatas 3:24). El primer paso en entender el valor infinito de Cristo y la gracia, es entender la gravedad y obscuridad de nuestro pecado. Hasta que no entendamos que cada pensamiento, actitud, y obra que no encaja enteramente con la perfección es pecado, nunca podremos apreciar la grandeza del sacrificio que Cristo hizo por todos nosotros. Si el pecado es una deuda, entonces es una deuda infinita, y por eso el precio debe ser pagado por uno que puede dar algo de infinito valor – “¡Miren! ¡El cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29).

Después de años de esta obscuridad en su alma, Dios le mostró el remedio para su corazón. El Padre del monasterio se compadeció de Martín Lutero y le presentó una propuesta, de que este monje destacado fuera a una Universidad de Teología para aprender la Palabra de Dios. El Padre admitió que, si las tradiciones y los ritos de monje no podían apaciguar su alma, sólo la Palabra podría hacerlo. Nunca dijo una palabra más cierta, pues habló tal como Pedro dijo en su desesperación: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes las palabras que dan vida eterna” (Juan 6:68). La terrible realidad es que Lutero era sólo uno en cien personas que podían legalmente leer la Palabra. Y la única Biblia que un monje podía leer era la Vulgata, una anticuada traducción al latín que muy pocos podían entender, y cual era inaccesible las masas. La medicina que podría sanar a las multitudes estaba guardada en los profundos vestidos de una iglesia falsa que confiaba más en tradiciones irracionales y palabrerías de su Papa que en la eterna Palabra de Dios.

Lutero intentó entender la Palabra de Dios, pero la Vulgata era muy difícil y poco pudo aprender así. Fue en 1516 que Desiderio Erasmo publicó el Nuevo Testamento en un latín moderno, adjuntando una copia del griego para poder defender su esfuerzo ante la crítica que seguro vendría. Pocos tomaron en cuenta el griego, pero todo aquel que deseaba ver la Palabra no adulterada ni traducida empezó a aprender el griego y leer el texto sagrado, “como el ciervo anhela las corrientes de las aguas, así te anhelo a ti, oh Dios” (Salmos 42:1). Sin saberlo, Erasmo había liberado el arma más peligrosa, cual podía derrumbar la inmensa Iglesia Romana Católica.

Martín devoró esta traducción como un animal hambriento, estudiándola minuciosamente para entender lo que ahí se enseñaba. Pronto llegó a entender que la Palabra no da ningún respaldo a muchas de las tradiciones que la Iglesia Romana enseña. ¿En dónde se enseña la perpetua virginidad de María? La Biblia enseña que esta bendita mujer tuvo hijos e hijas con José después de dar a luz a Jesús (Mateo 13:55). ¿Con que versículo se defiende el orar por los muertos en el Purgatorio? La Palabra habla de dos destinos finales: el infierno que está copado con las multitudes que le rechazaron, y el cielo alegre con los que atravesaron la puerta angosta y el camino difícil que abrió Jesús por la cruz (Mateo 7:13-4). [pullquote align=”left” cite=”” link=”” color=”#FF6E09″ class=”” size=””]¿Dónde nos enseña la Palabra a repetir oraciones idénticas y anticuadas? Jesús dijo: “Cuando ores, no parlotees de manera interminable como hacen los seguidores de otras religiones. Piensan que sus oraciones recibirán respuesta sólo por repetir las mismas palabras una y otra vez” (Mateo 6:7).[/pullquote]

En su desesperación por encontrar la verdadera religión de Jesucristo, Lutero viajó a Roma – la cuna del Imperio Romano Católico. Fue ahí que la pobreza espiritual del pueblo y la hipocresía de quienes debían enseñarles la Palabra provocó un apasionante celo santo en el ser del monje alemán. La gracia que Jesús antes ofrecía sin precio a todo hombre ahora tenía precio y era sólo para aquellos que seguían las tradiciones de la curia. Encontró que las entradas a las catedrales eran mercados donde se ofertaban “cabellos de los Apóstoles”, “piedras sobre las cuales caminó Jesús”, y “astillas de la cruz de Cristo”. Innumerables personas hacían filas para visitar los restos de Juan el Bautista, para besar sus huesos, y luego seguir hacia la basílica de San Pedro. Durante el día los cardenales advertían al pueblo empobrecido en contra de la inmoralidad y todo tipo de exceso, pero en la noche estos se intoxicaban con bebidas y se metían entre sábanas de seda con prostitutas.

Martín Lutero volvió de Roma como un niño desamparado por su madre, pues su última esperanza era que la Iglesia podía ser restaurada y reformada aún. Poco a poco esta ilusión se obscureció y se vio enfrentado con una terrible decisión – luchar para transformar a la Iglesia Romana Católica o callar. Lutero sabía muy bien cual debía escoger, y le llenó de temor, pues le esperaría la excomulgación, la persecución, y una segura muerte bajo la Inquisición. Pero el Señor le iluminó y le inspiró con un coraje sobrenatural. “Todo aquel que me reconozca en público aquí en la tierra también lo reconoceré delante de mi Padre en el cielo. Pero al que me niegue aquí en la tierra, también yo lo negaré delante de mi Padre en el cielo” (Mateo 10:33).

El 31 de octubre, 1517 el Dr. Martín Lutero publicó sus famosos 95 Tesis, usando la Palabra de Dios para desafiar algunas de las tradiciones más esenciales en la Iglesia Romana Católica. Ese día se inició la Gran Reforma, evento que transformaría al mundo por siempre. Su impacto sería tan abrumador y mundial que haría tambalear a la misma curia. No podía tambalear ahora, ya que conocía la verdad del Evangelio y sabía lo que necesitaba al pueblo – la Palabra de Dios. Pero, ¿podría escapar de la incesante y terrorífica amenaza del Papa y la Santa Inquisición?

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