¿Es posible ser todo un éxito en el ministerio, pero un fracaso en la familia? ¿Es correcto ante el Señor poner la obra por delante del hogar?

La Biblia demuestra que Dios valora el matrimonio y la familia de sobremanera, usándolo como base principal para la sociedad y un reflejo de la unidad que se encuentra en la misma Trinidad (Gén. 1:27; Juan 17:21). Sólo Dios debe de ocupar un lugar más importante en nuestra vida que nuestro núcleo familiar. Si somos hijos, entonces nuestros padres y luego nuestros hermanos toman ese lugar (Ef. 6:1), y si casados es nuestro conyugue y luego los hijos (Gén. 2:24). ¡Cuántos grandes misioneros, predicadores, y pastores han pagado un precio muy algo por olvidarse de esto!

George Whitefield, al igual que su gran amigo Juan Wesley, son reconocidos como unos de los predicadores más importantes de todos los tiempos. Estos hombres impulsaron el avivamiento más importante en la historia de Estados Unidos – el “Gran Avivamiento” (1734-50), viajando incesantemente y predicando con gran fervor a miles de miles. Ambos son dignos de admiración e imitación, con su valentía y perseverancia por el Señor. Pero ambos también compartían una gran debilidad – poniendo el ministerio por delante de la familia, un pecado peligroso y destructivo. Hoy este error se repite casi sin objeción en la vida de incontables líderes cristianos.

Haríamos bien en apreciar lo bueno en la vida de George y Juan, pero también cuidarnos de la deshonra que trajeron al Señor por descuidar sus matrimonios.

George Whitefield (1714-70) nació en Inglaterra y se hizo gran amigo de Juan Wesley (1703-91) y su hermano, Carlos. Cuando estaban estudiando en seminario, Juan empezó el “Grupo Santo”, compuesto de ellos tres y algunos otros de sus amigos cercanos. Juan metódicamente organizó lo que ellos debían hacer con su tiempo, minuto a minuto, esforzándose para no entrar en pecado. Irónicamente, todos luego reconocieron que ninguno de ellos era salvo en ese tiempo. Es una gran advertencia en contra del legalismo, el pensar que uno es salvo por las cosas que hace o peor decir que uno pueda llegar a la perfección en esta vida (1 Juan 1:10). Este apego peligroso al perfeccionismo y el legalismo que aplicó metódicamente a su vida y enseñó a otros continuó acechándole a Juan Wesley por toda su vida, y el movimiento Wesleyano que lleva su nombre es por eso mejor conocido como la Iglesia Metodista.

Juan Wesley

Luego de unos años así, Juan Wesley viajó al Sur de Estados Unidos, ya que pensaba que el pecado de la lujuria, una gran debilidad suya, menguaría en el Nuevo Mundo. Lo opuesto ocurrió, y ahí se enamoró de una señorita en la iglesia que pastoreaba. Ella repudió su amor, prefiriendo casarse con otro hombre. Esto tanto enojó a Wesley, ¡Qué les excomulgó de su congregación! Fue entonces que decidió volver a Estados Unidos, desanimado y confundido, preguntándose qué quería hacer el Señor con su vida.

En su retorno a casa, una terrible tormenta casi destruye el barco que tomaba. Juan se aferraba a las sogas del barco, su corazón hundido en desesperación y miedo. De pronto, cerca de él, observó a un grupo de creyentes cantando al Señor y orando – pudo observar la paz que ellos tenían. De pronto este pastor de iglesia reconoció que no era Hijo de Dios, y buscó la ayuda de estos fieles hermanos. En medio de tal tormenta el alma de Juan encontró paz. Su himno más famoso, ¿Cómo en Su Sangre Pudo Haber?, da testimonio de este momento:

Mi alma, atada en la prisión, anhela redención y paz.
De pronto vierte sobre mí la luz radiante de su faz.
Cayeron mis cadenas, vi mi libertad ¡y le seguí!

Cuando Wesley volvió a Inglaterra, encontró una iglesia donde pastorear, ya que por profesión era ministro de la Iglesia Anglicana. Su amor por la Palabra de Dios y su pasión por el Evangelio hizo una revolución en su nueva congregación, pero no todos estaban de acuerdo. Pronto su nuevo estilo tan fuerte y apasionado se chocó contra duras críticas de ministros que sentían que él era muy “radical” y “exagerado”. Le quitaron su puesto y quedó sin trabajo.

En otra parte de la Isla Inglesa se encontraba su amigo, el ministro George Whitefield, quién había pasado por similar experiencia, siendo también repudiado por la Iglesia Anglicana. George empezó a predicar los 22 años. Su pasión por predicar el Evangelio ardía en él cómo fuego. En sus primeros años, Whitefield fue ministro de una iglesia anglicana, la denominación oficial de Inglaterra. Pronto fue atacado por ministros de mayor edad, quienes le llamaban un “actor” y un “loco”, viendo como gritaba del púlpito, muchas veces lleno de lágrimas por las almas perdidas y en otras hablando del fuego consumidor de Dios que bajaría sobre los que le rechazaban.

George Whitefield no era un hombre de darse por vencido, ni de callar cuando sabía que tenía la verdad. No es de la multitud la verdad, sino de Dios, y cuando la multitud se aleja de Dios, los sabios deben retenerla y batallar para enseñarla. En una ocasión Whitefield defendió su estilo tan apasionado en una predica dada en Londres:

“Les contaré una historia,” comenzó Whitefield, “el Arzobispo de Canterbury en el año 1675 era amigo del actor, el Señor Butterton. Un día el arzobispo le preguntó … ‘Imploro que me diga, Señor Butterton, ¿cuál es la razón por la cual sus actores en el escenario pueden afectar de tal manera a sus audiencias cuando sólo hablan de cosas imaginarias, como si fuesen reales, pero cuando nosotros en la iglesia hablamos de cosas reales, nuestras congregaciones lo toman como imaginaria?’ ‘Bueno, mi Señor,’ respondió Butterton, ‘la razón es muy obvia. Como actores en el escenario hablamos de cosas imaginarias como si fuesen reales, pero usted en el púlpito habla de cosas reales como si fueran imaginarias.” Dicho esto, Whitefield pronunció en voz tronante: “Por lo tanto, yo gritaré con fuerza, ¡yo no seré un predicador lisonjeador (o charlatán)!”

Proclamaciones como ésta crearon muchos enemigos para George Whitefield, ministros y predicadores que tenían envidia de su fama, quienes se sentían incómodos con la amenaza a su estilo suave y profesional. Cuando le dijeron que debía cambiar su estilo de predicar – pues solía saltar, hablar fuerte, y usar sus brazos libremente – Whitefield replicaba que no era fingido: “Si tu casa está quemándose con tu hijo dentro, ¡no estarías actuando!” Aquí aprendemos la cruel realidad de que muchas veces los peores enemigos del cristiano dedicado al Señor se encuentran en la misma iglesia.

George Whitefield

Whitefield decidió irse de Londres y a los 24 años dio su primera predicación al aire libre, algo novedoso e inaceptable para la Iglesia Anglicana. Desde entonces, hasta su muerte a los 55 años se estima que predicó a diario unas 1,000 veces por año, ¡que se suma a más de 30,000 en su vida! George viajó 14 veces a Escocia y 7 veces a los Estados Unidos, algo muy difícil en esos tiempos de barcos veleros y carros a caballo. George Whitefield predicaba, predicaba, y después de dormir un poco y viajar más, predicaba y predicaba. Tal era la vida de este hombre de Dios, quién estaba enamorado con la Palabra de Dios y desesperado por compartir la Buena Noticia con todos. Una vez dijo, “Me sería imposible viajar con alguna persona por quince minutos sin hablarle de Jesús.”

Juan Wesley, cuando vio que todas las puertas se le cerraban para ser ministro, fue invitado por George Whitefield a conocer la predicación al aire libre. Wesley aceptó, pero con algo de prejuicio, ya que esto era tan radical e innovador. Lo que Juan vio le transformó por siempre:

George se encontraba parado sobre una colina, cerca de la salida de las tenebrosas y peligrosas minas de carbón, esperando a los trabajadores. Al atardecer, los mineros empezaron a salir del foso obscuro, sus caras cubiertas del polvo negro. Whitefield les invito a escucharle, y pronto una multitud de ellos rodeaba la colina, esperando escucharle. George tenía un talento impresionante en la oratoria, una forma cautivante de hablar. Se podría decir que fue el predicador más impactante e importante en la Historia de la Iglesia. Un oyente una vez dijo que Whitefield había “nacido para ser orador” y otro que “él puede traer lagrimas a los ojos de los hombres … con sólo pronunciar la palabra Mesopotamia,” explicó, con algo de exageración.

Pronto Juan experimentó el movimiento del Espíritu Santo en las vidas de esos mineros. De pronto las caras negras, cubiertas por el carbón, comenzaron a mostrar pequeños ríos blancos en sus caras, cual eran lágrimas que bajaban al escuchar del inmenso amor de Dios hacia ellos. Juan Wesley nunca se olvidó de ese glorioso momento donde sintió que Dios le estaba llamando a predicar al aire libre.

Whitefield y Wesley pasarían las próximas décadas viajando, por separado, por todo Estados Unidos, Inglaterra, y Escocia, predicando incesantemente. Se dice que Wesley predicó más de 40,000 sermones, viajó más de 500,000 kilómetros a caballo (la distancia que uno recorre en auto en 10 años de uso normal), y publicó más de 400 libros. ¡Quedo exhausto de sólo pensar en tales hazañas!

Con todas sus proezas, ellos también tenían grandes debilidades, en particular Juan Wesley. Wesley siempre era segundo para muchos a Whitefield, quién era un mejor orador, y esto pareció causar celos en el corazón de su amigo. Whitefield y él tenían diferentes formas de pensar en cuanto al libre albedrío, Whitefield siendo calvinista y Wesley arminiano. George lo pensaba un tema secundario, pero Wesley lo usó como su arma especial para públicamente difamar y así “bajar” a Whitefield, sacando una revista que atacaba el calvinismo y en especial su amigo.

Se cuenta que un joven tuvo curiosidad de saber lo que Whitefield pensaba de toda la crítica que Wesley publicaba en su contra. El joven, queriendo ganar favor con el predicador dijo: “Supongo que no veremos a Juan Wesley en el cielo, ¿verdad?” Whitefield respondió: “¡Tienes razón!” Replico, sorprendiendo a todos, pero luego explicó, “no le veremos en el cielo, pues él estará tan cerca del Trono de Dios y nosotros tan lejos, ¡que no llegaremos a verle!” Whitefield nunca criticó públicamente a su amigo, pues él entendió que la obra del Señor es en equipo, de nada vale la competencia. Si uno hace algo bien o hasta mejor que uno, ¡gloria a Dios! Esta respuesta es un gran ejemplo de cómo retornar bien por mal, tal como Jesús enseñó (Lucas 6:35).

Whitefield también tenía una gran debilidad, una que compartía con Wesley – menospreciaron su rol de padre por el ministerio, deshonrando así al Señor.

Whitefield intentó casarse con una mujer con la cual él se había enamorado. Pero le fue muy difícil esta nueva sensación, sintiendo el amor hacia ella como un rival por su amor por Jesús. Cuando él le propuso matrimonio, lo propuso de tal forma que no incluía amor, sino sólo quehaceres y casi como si fuese un mal necesario. Sabiamente ella le rechazó, pues tenía un padre prudente que no se dejó llevar por la fama del gran predicador. Whitefield entonces se interesó en Elizabeth y se casó, pero sin sentir amor por ella.

Whitefield había prometido: “No predicaré ningún sólo sermón menos de casado que cuando estaba soltero.” En su luna de miel, George predicó dos veces al día. Al terminar, de pronto salió de viaje, pero ella correctamente se quedó en casa, ya que sería tan lejos y tan extenso su tiempo fuera. Una vez no volvió a casa por dos años y apenas se comunicaba con ella. Ella tuvo cuatro malpartos y su único hijo murió antes de cumplir un año. Todo esto lo tuvo que sobrellevar sola. Whitefield le trajo gran sufrimiento y tristeza a su esposa, aunque siempre supo tratarla con amabilidad en los pocos tiempos que pasaban juntos. En privado ella dijo que otros conocían mejor a su esposo que ella misma.

Wesley cayó en el mismo error cuando se casó con Molly. Él hablaba mucho sobre el amor y que era la voluntad de Dios el matrimonio, pero no supo amar a su esposa ni cuidarla (Efesios 5:25). Viajaba por largos meses en serie y su correspondencia con su esposa era una lista de reglas y métodos, tratándola casi como una esclava. Cuando ella le pidió volver a casa para que compartan la vida juntos, él la repudió: “Conténtate en ser una persona privada e insignificante, sólo conocida y amada por Dios y por mí.”

Molly, siendo mayor que él, intentó apoyarle, pero no pudo soportar los largos viajes y se quedó en casa sin él. Al pasar los años ella se enteró de cierta tendencia secreta de su esposo y le acusó en varias ocasiones de cometer adulterio y escribir cartas amorosas a otras mujeres. Molly estaba llenándose de celos, inseguridad, y no se sentía amada por Juan. Cansada de soportar los insultos y manipulación de su esposo, le dejó en dos ocasiones. En la segunda ocasión no volvió, pero no antes de escuchar esto de su esposo: “Espero nunca más ver tu cara horrible.”

Molly tampoco era la víctima, pues no supo cómo tratar a su esposo, peleando y discutiendo con vehemencia en lugar de buscar reconciliación. Es claro que su matrimonio no era nada sano ni bueno, donde ella no le respetaba a él ni él la amaba a ella.

La historia se recuenta en muchas maneras, pero se cuenta que cuando su esposa le dejó por última vez, él no la buscó por muchos años. Finalmente, arrepentido, fue a buscar a su esposa en la casa de su padre. El padre dijo que ella se encontraba detrás y que podía ir a verla. Cuando no la encontró, volvió al padre. Él le dijo que Molly había fallecido y que podría encontrar su tumba atrás.

Juan nunca se reconcilió con Molly ni con Whitefield; un hombre que comenzó tan bien e hizo tanto para el Señor terminó muy mal.

No importa cuánto reconocimiento recibamos en el ministerio, si fracasamos en la familia podemos anular todo lo bueno con esta hipocresía. Gracias a Dios que pudo usar a hombres como Juan y George, a pesar de sus graves falencias. Que nos sirva como un ejemplo y una advertencia para organizar las prioridades – primero es Dios, entonces la familia, y luego el ministerio o trabajo.