muller-joy“Oremos,” dijo George Muller, parándose al frente de cientos de niños que llenaban cada espacio del comedor. Tenían ahí sus platos, vasos, y cubiertos, pero no había ninguna migaja de pan en toda la casa. “Señor,” oró Muller, “damos gracias por la comida que nos vamos a servir. En el nombre del Señor Jesucristo,” pero antes que pueda pronunciar el amén, tocaron la puerta con fuerza. Los niños se mantuvieron en un silencio expectante mientras que el señor Muller iba a la puerta. Justo afuera había un hombre que para Muller era desconocido. El hombre era un panadero y explicó que, al entrar al pueblo para vender, la rueda de su carro se había caído justo fuera del orfanato de Muller. Su deseo era dárselo a los niños. Pocos minutos después Muller entró con una enorme sonrisa en su rostro, sus brazos rebozando de panes, tortas, y pasteles.

Hay una terrible mentira que el Diablo constantemente usa en nuestra contra. En su astucia, nos incita a pensar que no hay alegría fuera del dinero y la aprobación humana. Uno de los hombres más gozosos en la historia de la iglesia fue George Muller, un hombre que teniendo poco y habiendo sufrido mucho, abundaba en alegría y gran fe. George es uno de mis personajes favoritos de todos los tiempos, uno que me inspira a hacer más por el Señor y no malgastar el tiempo en cosas vanas y terrenales.

Muller bien dijo que “un siervo de Dios tiene un solo Amo. No encaja con el siervo buscar ser rico, famoso, o honrado por ese mundo donde su Señor fue pobre, deshonrado, y despreciado.”

Al dar su testimonio, explicó: “Hubo un día cuando yo morí. Yo morí a George Muller; a sus opiniones, preferencias, gustos, y voluntad; morí al mundo, a su aprobación o censura; morí a la aprobación o crítica aún de mis hermanos en Cristo o amigos; y desde entonces he estudiado con el sólo deseo de mostrarme aprobado ante Dios.” ¿Cómo llegó a tener una convicción tan radical?

George Muller (1805-98) nació en Alemania, en una familia adinerada. De joven se acostumbró a robar, primero robando a su padre, luego a sus amigos, y finalmente siendo arrestado por ladrón. En su trayectoria educativa, eventualmente se decidió estudiar teología. George admitió luego que no era ni salvo y que no le importaba en lo más mínimo la Palabra ni el ministerio, sencillamente lo hizo porque pensaba poder ganar dinero fácil siendo pastor en la Iglesia Luterana. ¡Qué barbaridad!

Cuando Muller no estaba estudiando, pasaba su tiempo embriagándose en la cantina con otros compañeros y luego maquinando formas para saldar sus deudas. Fue entonces que un amigo suyo, quien se había convertido a Cristo de veras, le invitó a un estudio Bíblico. La idea poco le complacía, pero fingió tener interés ya que estudiaba teología.

Al llegar al estudio Bíblico, le sorprendió que sea en una casa y no en una catedral. Cantaron unos himnos y luego se expuso la Palabra de Dios con claridad. Muller quedó asombrado; luego admitió que nada en su vida le había deleitado tanto como esa experiencia. Pronto estaba volviendo diariamente para atender a las reuniones y antes que se acabe la semana estaba arrodillado al lado de su cama, pidiéndole perdón a Dios para que pueda convertirse en un verdadero cristiano.

Fue un cambio total y transformativo que dejó perplejo a sus compañeros.  Ya no iba a fiestas con ellos, ni se emborrachaba, ni les pedía dinero prestado. En su lugar, pasaba horas estudiando con entusiasmo la Palabra de Dios, enfocándose en sus materias, y trabajando honestamente para pagar sus necesidades. Y esto era sólo el comienzo. Pasaron seis semanas desde su conversión y entonces Dios le puso un nuevo deseo en su corazón – el ser un misionero. Desde ese día en adelante creció una urgencia de no malgastar su vida, como luego expresó: “Cuantos más años vivo, tanto más me ayuda a reconocer que tengo tan sólo una vida para vivir en la tierra, y que ésta sola vida es tan corta, para plantar [buenas obras], en comparación con la eternidad, que es para cosechar [su recompensa].”

Durante este breve periodo tan importante y conmovedor en su vida, George se había enamorado de Ermegarde, una señorita hermosa y adinerada que ya años había asistido esos estudios Bíblicos. En tan sólo seis semanas estaban con planes para casarse. Él supuso que ella también estaría dispuesta a dejar todo para servir al Señor, tal como la Palabra enseña. Luego de la reunión un sábado, los dos se sentaron juntos y Muller le contó con emoción de su intención de ser un misionero junto con ella. Ella replicó con vehemencia: “¡George! ¿Qué te haría pensar en algo tan ridículo? ¡Yo nunca podría ser esposa de un misionero!” Con dolor en su corazón, Muller intentó convencerla, pero ella respondió con más fuerza: “Los misioneros son pobres, usan ropa fea, y preferiría estar muerta antes de ir en sus carruajes tan horrendos. Discúlpame, George Muller, pero debes decidir entre las misiones y yo … Se un abogado o un doctor, y ¡deja eso de ser misionero para otras personas que no tienen nada mejor que hacer con sus vidas!”

George se fue a su casa devastado, pues amaba a Ermegarde y deseaba casarse con ella. Pero finalmente tuvo que romper la relación y poner su fe en que Dios traería alguien que deseaba servir al Señor en algo tan honorable como las misiones.

Ella estaba tan equivocada y cegada por el materialismo, pues servir al Señor es lo más sublime que podríamos hacer, tal como Charles Spurgeon declaró: “Si Dios te llama a ser predicador, no te rebajes a ser el Rey de Inglaterra.”

Eventualmente, Muller se mudó a Inglaterra con el deseo de prepararse para ser un misionero a los judíos en Europa, pero Dios fue moldeando este plan y finalmente vio que su llamado a misiones era en la misma Inglaterra. Fue ahí que se enamoró de Mary Groves, una gran mujer de Dios que pronto llegaría a ser su esposa. Ellos compartían tanto en común, el amor por las misiones y por la Palabra de Dios. Fue raro que se haya enamorado con ella, pues ella tenía 33 años y él tan sólo 25, además el luego admitió que ella no le era muy atractiva físicamente, ¡con la nariz más grande que había visto en su vida! Pero ella le hizo enamorar con su belleza interior y su disposición a someterse enteramente al Señor y a él.

El peor miedo de Muller al pensar en el matrimonio era sentirse esclavizado a complacer a su esposa y así dejar a un lado las cosas del Señor, como había visto en muchos casos. Ella fue la que le convenció a él, asegurándole que juntos iban a poder hacer más por el Señor, pues era su deseo compartido. Se casaron tan sólo cinco meses después de conocerse, él siendo un pobre anciano en un local del nuevo y radical movimiento de los Hermanos (luego llamados Hermanos Libres).

Una de sus primeras noches se puso a prueba este miedo. Mary era de una familia muy adinerada y había traído con ella muchas cosas de gran valor, con la cual había decorado su pequeño departamento. George entró a la casa cansado y se sentó, observando cómo su esposa había decorado la casa. “Tiene que irse,” dijo de pronto. Ella quedó sorprendida y preguntó a qué se refería. Él apuntó a las decoraciones y los platos de porcelana, respondiendo: “Todo.” El siguiente día, al volver en la noche, ella había vendido todos los artículos no necesarios y entregó el dinero a su esposo. Si Muller tuvo razón en pedirle esto a su esposa, sólo el Señor sabe, pero la valentía y sumisión de su esposa no iría sin recompensa.

Una semana más tarde, Muller otra vez sorprendió a su esposa. Ya no cobraría un salario en la iglesia como era común para los pastores, sino que dejarían que las personas den de corazón. No pedirían dinero a nadie jamás, algo que practicó durante toda su vida, y Dios nunca le dejó pobre. Pasaron terrible necesidad en incontables ocasiones, pero en formas asombrosas Dios proveyó por ellos. Cuando ellos tenían dinero por demás, ellos se comprometieron a darlo a otras personas con necesitad. Mary no le replicó, sino que apoyó el pensar radical de su esposo.

Muller, haciendo referencia al sufrimiento que vivían, explicó: “La única forma de aprender lo que es una fe fuerte, es perseverar por grandes pruebas.”

George Muller es conocido sobre todo por su fe, y con buena razón. Pues el pensar radical que practicaban en la casa también sería aplicado al ministerio. Algunos se preguntan cuál es la voluntad de Dios, esperando que Él le susurra al oído o les abra una enorme puerta de oportunidad. Muller nos enseña que la voluntad de Dios es sencillamente responder a las necesidades que nos muestra, sea pequeño o grande. Algunos ven necesidad en el discipulado, otros en el evangelismo, otros en la predicación, otros en la hospitalidad, etc. El responder a esa necesidad es seguir la voluntad de Dios.

En Inglaterra existía un terrible problema – un sinfín de niños callejeros. La economía estaba mala y cuando padres pobres tenían un hijo y no podían darle de comer, les llevaban a sus pequeños hijos al lado pobre de la ciudad y les dejaban para que sean criados por otros niños. Empresas se aprovechaban de esto, haciéndoles trabajar a estos niños hasta 16 horas por día, 7 días a la semana. ¿Su pago? Un plato de comida. Estos niños se criaban sin padres, sin esperanza, sin amor, y con terribles hábitos de robar y mentir.

George Muller decidió hacer algo radical, no porque trabajaba con niños o porque les tenía un amor especial, sencillamente porque vio la necesidad y respondió. Él declaró: “Dios me ha dado un campo misionero aquí, y yo viviré y moriré en él.” Durante la mayor parte de su vida adulta Muller se dedicó a dar hogar, educación, y amor a 10,024 niños en 6 enormes casas que se pudieron construir. Absolutamente todo fue hecho con ofrendas dadas voluntariamente, ya que Muller se rehusaba a pedir dinero o buscar promesas de apoyo. Hubieron tiempos de gran necesidad, tal como la que les mostré al inicio, pero Dios le fue fiel. Esto se ha convertido en costumbre de casi todo misionero y ministerio de los Hermanos Libres, honrando la convicción de Muller y la fidelidad de un gran Dios.

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Muller no tan sólo apoyaba en el orfanato, también predicaba regularmente, siendo reconocido como uno de los mejores expositores de la Palabra en toda Inglaterra. Era anciano de una iglesia grande y ferviente, apoyaba un sinfín de ministerios, y su gran deleite siempre era apoyar a las misiones. En todo esto, su esposa Mary le era realmente una ayuda idónea y la amaba tanto; sabía decir que cuando estaba con ella era un “deleite” para su alma.

Pocos años después de su matrimonio Mary se enfermó y en pocos días estaba en su lecho de muerte. Un triste George Muller se arrodilló al lado de su cama y oró: “Señor, si es lo mejor para ella y para mí que ella se recupere, hazlo. Si es mejor para ella y para mí que ella vaya a tu presencia, llévala. Sólo que se haga tu voluntad.” Días más tarde, Mary murió dejando a un viudo joven. ¿Te imaginas su dolor? ¿Qué sentirías tú? Aquí vemos el gran carácter y fe de Muller, pues cuando uno pasa por grandes pruebas, entonces sale lo que verdaderamente es.

Muller pidió predicar en el entierro de su amada Mary. Se aguantó las lágrimas y habló con ternura de su querida esposa. La frase que realmente me impactó fue cuando dijo: “Mi corazón tiene paz. Estoy satisfecho en Dios.” Muller entendió que era la voluntad de Dios que ella fuese llevada al cielo; confiaba que Dios lo había hecho según Su plan y para el mayor bien de George. Este gran hombre estaba tan seguro del cuidado del Señor, que aún en la peor prueba encontraba su gozo en el Señor. Enseñaba Muller que “el primer gran enfoque que me debe consumir cada día es tener mi alma alegre en el Señor.” Se cuenta que, sobre todas las cosas, lo que la gente más admiraba de George era su gozo, demostrado en su gran sonrisa y deseo de continuamente ayudar a su prójimo.

En lugar de llenarle de amargura o depresión, este evento catastrófico hizo crecer su fe, llevándole a hacer aún más por el Señor. En su tiempo George Muller se casó nuevamente, a una mujer que también le fue una verdadera ayuda idónea y alguien a quién George amaba profundamente.

A los 70 años, cuando muchos hombres piensan en jubilarse o disfrutar de sus nietos, George Muller formó un nuevo plan. Desde joven había tenido el gran deseo de ser misionero, y ahora se sentía con la libertad para hacerlo. Durante los próximos 22 años, se dedicó a viajar a 42 países, incluyendo partes de África y Norteamérica. Se estima que predicó a más de 3 millones de personas. También se calcula que al final de su vida había predicado por lo menos 10,000 veces. Absolutamente impresionante.

Antes de su muerte, Muller comentó que había leído la Biblia por lo menos 200 veces, de tapa a tapa. Oraba a diario, pues el deseo de su corazón era acercarse siempre más al Señor. Fue así que le encontraron por última vez a los 92 años, en uno de sus viajes misioneros, arrodillado junto a su cama orando. Tal como dice el conocido refrán en inglés: “Murió con sus botas puestas.”