Es una noche fría de San Juan, una ocasión especial para Miguel (nombre ficticio) el cual, palmeando sus mejillas, se pone la mejor colonia de su colección. Se mira en el espejo de pies a cabeza. Peinado perfecto, ojos irresistibles, porte varonil, “pero hay algo que falta aún” -pensaba Miguel al mismo tiempo que admiraba su reflejo; así que abre el armario y saca su chaqueta de cuerina negra con bordes rojos en las mangas -“Ésta siempre me da suerte”- hablaba en su soledad mientras se la coloca lentamente y con estilo.  Combina perfectamente con sus jeans claros, los cuales tienen cuidadosos detalles desgastados sobre las rodillas, que complementan con sus nuevas zapatillas.

Su apariencia de joven rebelde y encantadora elocuencia serían sus fieles armas para conquistar el corazón de Valentina, la inocente niña de ojos claros y labios color frutilla madura, a  quien vio por primera vez en una tarde deportiva de cierta iglesia cristiana a la que le invitó uno de sus amigos, y desde ese momento no la sacó de su mente.  “Aún puedo verla ahí, sentada alrededor de sus amigas, mirando entre sonrisas como jugábamos futbol; era una buena oportunidad para lucirse”, pensó con nostalgia. Se trataba de un verdadero desafío para él; ella es la consentida de papá, y la princesa que resguardan sus hermanos mayores, que por cierto son enormes; para ilustrarlo mejor, diremos que solo les falta arrojar fuego por la boca.

En fin, era la chica inalcanzable para todos, “pero no para mí” – hablaba Miguel consigo mismo mientras revisaba las largas conversaciones  que continuamente había entablado con ella por WhatsApp.  Seis meses aguantando de ir a ese lugar y escuchar los aburridos sermones por fin están dando frutos. Hoy es una noche especial pues es su primera cita a solas con ella.

La emoción de lo prohibido sacó a Miguel un suspiro profundo; agarró las llaves de su motocicleta deportiva, guardó el celular en uno de los bolsillos de su chaqueta y salió de su habitación en esa noche fría de San Juan.

Quizás pienses que esta no es una historia real por el estilo en el que te la estoy contando  -¿Cómo puede éste saber los pensamientos de una persona y luego escribirlos en la historia? – te preguntarás: ¡A menos que sea él mismo el personaje! -Pues, déjame decirte que no soy yo;  aunque ahora viene mi participación después de un poco de imaginación.

Era una noche fría de San Juan y volvíamos a casa después de tener una linda reunión con los jóvenes de la iglesia. Las calles estaban vacías por las altas horas de la noche y veníamos conversando en el auto. De repente, un grupo pequeño de personas llamó nuestra atención, pues se encontraba amontonada y rodeando a algo en el pavimento de la avenida.

¡SI! ¡Adivinaste! A cuatro metros de su motocicleta deportiva, se encontraba un joven de chaqueta de cuerina negra con bordes rojos en las mangas, jeans claros con detalles desgastados en las rodillas y con solo una zapatilla en un pie.

Sumergido en su propia sangre y con el rostro en el pavimento, aun respiraba con dificultad, pero estaba inconsciente. ¡Nadie lo toque! Dijo uno de la multitud mientras nos alejaba con su brazo e incitaba a que alguien llamara a la ambulancia. El tiempo que tardó en llegar la ayuda de los paramédicos fue suficiente para especular todo lo que pudo haber sucedido en la vida de este joven antes del trágico acontecimiento, por el cual agonizaba en frente nuestro.

Cuando salió de su habitación, el no esperaba que fuera la última vez que se vería en el espejo, o la última vez que se realizaba su perfecto peinado y untaba su mejor loción en sus mejillas. Irónicamente, no tenía ni la menor idea que era la última vez que usaría su chaqueta de la suerte. Tenía tantos planes en mente: Empezar una linda relación con la niña de ojos claros y labios color frutilla madura, disfrutar los elogios de sus amigos por la heroica hazaña; en fin, nada tenía sentido ahora, pues, todo había terminado.

¿Tú sabes con certeza si es o no la última vez que haces lo que estás haciendo en este momento? La palabra de Dios en Santiago 4: 13-17 nos dice que nuestra vida es como neblina, que así como aparece por un tiempo también se desvanece, y todo esto en el tiempo determinado por la soberana voluntad del creador.

Hablando en la jerga de las mafias italianas, el beso que nadie espera recibir es el beso de la muerte, una sentencia angustiante para todo aquel que lo recibe; pero es un beso inevitable, un suceso del cual no puedes escapar. El precio del pecado es la muerte y todos somos pecadores, por tanto, todos moriremos (Rom 6:23). La pregunta clave es: ¿Estás preparado para cuando llegue el inesperado momento? Y no hablo solo a personas que no conocen a Cristo, sino a personas que van a iglesias en donde se predica su palabra, la oyen todo el tiempo, pero sus intereses en ese lugar son todos, excepto Dios.

Si Dios te llama hoy al juicio, como dice el libro de Hebreos, ¿Qué te encontrará haciendo? ¿Honras o deshonras al Señor con eso? Si estás en desobediencia con Dios ponte a cuentas con Él. Hoy es la oportunidad de restablecer esa relación rota por el pecado. Todos rendiremos cuentas ante el Señor, incluyendo personas que profesan conocerle o servirle, pero el Rey dirá a muchos de ellos: Apartaos de mí, hacedores de maldad, nunca os conocí; porque con sus labios dicen, más con sus acciones deshacen lo dicho y tienen a Dios por burlado (Gál 6:7).

Ir a una iglesia no nos salva, asistir a todas las reuniones tampoco; solo la fe puesta en el sacrificio de Jesucristo a favor de nosotros los pecadores (Ef 2:4-5) (Hechos 4:12). Él nos pide obediencia a su palabra por amor a su nombre “porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef 2:10) y él no se complace en sacrificios de los que aparentan piedad sino en la genuina obediencia a su voluntad (1Sam 15:22).

Me encanta la frase que usa Tonchy Oropeza en una de sus canciones, y concluiré con ella, anhelando buenas decisiones que agraden a Dios después de terminar esta lectura: “¿Y si es tu última oportunidad?”.