¿Alguna vez viajaste por un buen tiempo y sentiste ese extraño y creciente anhelo de volver a casa? Desde mi adolescencia ha sido una común, constante, y persistente sensación: el deseo de estar en el hogar, donde podré sentir la seguridad y disfrutar una gran paz. Pero luego llega una sensación que es difícil de comprender, pues al llegar a mi “casa” encuentro que la inquietud sigue ahí, a veces más fuerte que antes. El concepto de un hogar es un ideal inalcanzable en esta vida, algo que uno desea encontrar pero nunca llega a experimentar.

He llegado a valorar el camino del peregrino como un privilegio, aunque no siempre he pensado así. Tras haber pasado de una escuela y colegio a otro, y de un país a otro, Dios me ha enseñado a apreciar mejor una gran verdad Bíblica – somos extranjeros en este mundo seco y cansado, exiliados en un mundo oscuro y sombrío, y peregrinos en medio de una civilización confundida y empobrecida. A tal rumbo hemos sido llamados, a ser sal y luz a un mundo moribundo y bajo el velo de la muerte.

[pullquote align=”right” cite=”” link=”” color=”” class=”” size=””]Entre medio de las grandes masas desesperadas proclamamos esperanza a los prisioneros del pecado, le mostramos su valor a los olvidados, predicamos la redención a los oprimidos, y declaramos un Reino a los esclavos de este mundo.[/pullquote]

Nos sumamos a las filas de otros que pasaron con el mismo mensaje: somos como el hombre cuyo caballo está ensillado, su mochila al hombro, y debe viajar a su lugar de reposo en la siguiente cueva, nunca perdiendo de vista su destino final.

Noé fue uno de los primeros, el paciente carpintero y predicador vociferante de la destrucción venidera. También hay Abraham, quién dejó todo para poder recibir una herencia que jamás había visto. Moisés, hijo adoptivo del Faraón, dejó su privilegio por un rebaño de cabras, hasta que finalmente murió luego de liderar a millones a través de un interminable desierto, habiendo nunca llegado a la Tierra Prometida. Entonces vemos a David, quién humilló a gigantes y mató a miles, pero tuvo que esconderse en cuevas; su único sustento siendo la promesa de que algún día llegaría a ser rey. Quizá el más valiente de todos fue Pablo, quién se burlaba del poder de la muerte con el fin de proclamar resurrección eterna en Cristo Jesús. ¡Ni hemos mencionado a los grandes de la historia de la Iglesia, valientes como Policarpo, Justino Mártir, Anastasio, Martín Lutero, William Tyndale, William Carey, Gladys Aylward, o Jim Elliot! Estos son nuestros ancestros espirituales, nuestra familia, las personas que vivieron y murieron por la Gran Comisión que nos fue dada por el Incansable Peregrino, Predicador de Vida, y Sanador de Nazaret, cuya almohada era una roca y cuyo alimento era hacer la voluntad de Su Padre.

Hermanos, a menudo debemos recordar nuestro llamado – cuidado de ponernos demasiado cómodos, cuidado de llamar algún lugar aquí nuestro hogar, y veamos el peligro de vivir para llegar a la jubilación en lugar de a la resurrección. Ésta es la razón por la que me siento bendecido al poder viajar, viviendo de una sola maleta durante meses a la vez o de una mochila la mayoría de los fines de semana. Sin embargo, aunque es de bendición recordar estas cosas, nunca llega a ser fácil. El anhelo de llegar a casa no desaparece, y el profundo deseo para el descanso en el alma no desaparece en esta vida.

Fue el Salmo 137 que trajo estos pensamientos a mi mente:

Junto a los ríos de Babilonia, nos sentamos y lloramos al pensar en Jerusalén.
Guardamos las arpas, las colgamos en las ramas de los álamos.
Pues nuestros captores nos exigían que cantáramos; los que nos atormentaban insistían en un himno de alegría: “¡Cántennos una de esas canciones acerca de Jerusalén!”
¿Pero cómo podemos entonar las canciones del SEÑOR mientras estamos en una tierra pagana?
Si me olvido de ti, oh Jerusalén, que mi mano derecha se olvide de cómo tocar el arpa.
Que la lengua se me pegue al paladar si dejo de recordarte, si no hago de Jerusalén mi mayor alegría.
Oh SEÑOR, recuerda lo que hicieron los edomitas el día en que los ejércitos de Babilonia tomaron a Jerusalén. “¡Destrúyanla!” – gritaron – “¡Allánenla hasta reducirla a escombros!” (NTV).

[pullquote align=”left” cite=”” link=”” color=”#FF6E09″ class=”” size=””]Hay cosas maravillosas para disfrutar en este mundo, y se nos anima a disfrutar de todas las buenas cosas que Dios nos ha dado, pues Él no es un “aguafiestas”[/pullquote]Apreciamos muchas cosas en esta tierra, pero ninguna de ellas son nuestra alegría más alta y sublime. Los gozos de este mundo comparado con lo que nos espera son como comparar la comida en un restaurante de mala fama con la comida de mamá, o el dormir en un hospedaje hediondo con la comodidad de nuestra propia habitación.

Así eran los pensamientos de estos judíos exiliados en Babilonia, sentados junto a las aguas que pasaban por la ciudad, con sus arpas colgadas por encima de sus cabezas y hablando con gran nostalgia de su lejano hogar. Uno casi puede escucharles conversar en voces tristes, mientras recordaban las colinas alrededor de Jerusalén, los olivos que alegraban sus jardines, y la rica comida que antes solían oler en sus casas. Los viejos lloraban al hablar de “esos días”, cuando eran jóvenes en el Templo de Salomón, cantando salmos a su Dios, y recordando a las mujeres jóvenes que danzaban con panderetas.

“Nosotros somos ciudadanos del cielo, donde vive el Señor Jesucristo. Y esperamos con mucho anhelo que él regrese como nuestro Salvador” (Filipenses 3:20). Tal como Pablo, esperamos ansiosamente el día en que nos veamos transformados y llevados a nuestro verdadero y eterno hogar.

Padre, perdóname por amar las cosas de este mundo más que a Ti; poniendo relaciones, cosas, o los logros como una meta más alta que conocerte. Perdóname por ser tan egoísta en buscar mi hogar aquí, cuando sé que Tú estás preparando una para mí allí. Pues Tú nos ha creado para Ti mismo y sólo ahí encontraremos nuestra verdadera alegría. Ayúdame a tener cuidado de no arraigarme a las cosas terrenales si eso debilitara mi relación contigo. Que tenga cuidado de buscar descanso y comodidad aquí, pues me has llamado a trabajar con esmero por Tu gloria. Protégeme de la prodigalidad de una vida ajetreada vida que no logra nada para Ti, pero guíame a siempre trabajar para lo que tiene valor eterno. Señor, muchas gracias por darme un propósito, por prepararme un lugar contigo, y por proveer al Espíritu que me guía hasta que me lleves a mi verdadero hogar.