Hace muchos años atrás, cierto joven entró a una casa deshabitada; los dueños habían viajado y olvidaron dejar algunas luces encendidas, razón por la cual era sencillo especular que no había nadie en el lugar. No fue difícil para él trepar el muro que medía casi dos metros de altura, pues la única seguridad que tenía en el borde del mismo eran pedazos de botellas de vidrio que iban de un extremo al otro, problema que se solucionó fácil poniendo una manta gruesa para pasar por encima sin sufrir cortes ni heridas. ¡Qué ingenioso!

En fin, el joven arrasó con lo que se cruzó en su camino: Una Laptop, el estéreo, la plancha, un televisor; se llevó hasta las copas de cristal que estaban en la vitrina y que solamente se usaban en la cena familiar de navidad. Cuando los dueños llegaron de su largo viaje, se encontraron con la gran sorpresa de una casa desordenada y una infinidad de objetos de valor faltantes. Nadie supo cuando sucedió, ni quien lo hizo, por la sencilla razón de que todo sucedió “en lo oscurito”.

Escuché confesar a muchas personas de que “le temen en gran manera a la oscuridad”. ¿Tú le tienes miedo? Normalmente tenemos terror a la incertidumbre, a dar un paso equivocado por no saber lo que hay delante; en fin, decimos que huimos de las tinieblas pero ¿Será cierto eso?.

Este joven se inmiscuyó y camufló en la oscuridad como un camaleón; como si las tinieblas fueran una extensión más de su ser. No hubo miedo sino emoción, no hubo remordimiento sino excitación por lo prohibido.  Después de la primera vez, al ver que los dueños no habían llegado de su viaje aquel día, esperó el momento exacto, después del ocaso, para volver a entrar y sumergirse en las sombras y así volver a delinquir.

Tú eres consciente y sabes cuando estás en algo prohibido, en desobediencia a un mandato de tus padres, maestros, las leyes de la sociedad, etc. Lo sorprendente de todo es que te encanta la sensación de infringir en lo prohibido. Mentimos cuando decimos que no nos atrae las tinieblas. El apóstol Pablo habla en Romanos 7:18 y dice que “Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo”. De manera que si le damos la oportunidad a nuestra carne de deleitarse en el pecado, pues lo va hacer; y de nada sirve hacerse el fuerte; por eso Pablo, incesantemente, recomienda a Timoteo y le dice: ¡HUYE! ¡HUYE! ¡HUYE! (2 Tim. 2:22).

[pullquote align=”left” cite=”” link=”” color=”#FF6E09″ class=”” size=””]Como jóvenes que conocemos la palabra de Dios, sabemos muy bien cuando infringimos la ley de Dios; pero muchas veces nos importa poco.[/pullquote]El corazón se acelera al mismo ritmo que nuestro respirar sigiloso, estamos cautelosos de no ser encontrados por algún conocido; y ¡Ahí está el problema! Dios es un desconocido para mí, por eso no me preocupa en lo más mínimo si el me ve o no.
En el capítulo 17 del libro de los Hechos, el apóstol Pablo se sorprende de la idolatría de los atenienses y cómo hacían imágenes para un dios y para otro; pero lo más lamentable es que  levantaron un santuario y ahí un altar en honor “AL DIOS NO CONOCIDO”.

Quizás nosotros nos encontramos en la misma situación; alabamos en la iglesia, servimos en la obra, ofrendo de lo que tengo; pero mi Dios es un “DIOS NO CONOCIDO”. Ignoro por completo quien es Él y ando en lo oscurito; olvido que es un Dios que todo lo ve e infrinjo en lo prohibido. ¿Acaso no escuchamos en las reuniones que Dios nos juzgará un día? Pues así será.
“Así que hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Rom 12:1).

Si conozco un poco más a aquel Dios al cual alabo, entonces sabré que quiere que me entregue enteramente a Él como algo “Santo”, “Puro”, y que le sea agradable. La luz no se mezcla con las tinieblas, sino que las tinieblas desaparecen y no prevalecen ante la luz. “No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios. ¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?”(1 Cor. 10:21-22).

El apóstol Pedro habla en su segunda carta y dice:
Como todas las cosas que pertenecen a la vida y la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia. (1:3-4).

En Cristo tenemos la “naturaleza divina”, y lo que se nos recomienda es huir de la corrupción, de las pasiones juveniles, de los deseos de la carne, y de lo que el mundo nos ofrece; para no manchar esa “naturaleza divina” por darle rienda suelta a la “naturaleza pecaminosa” que mora en nosotros (Rom 7).

¡OJO con lo que VES!  ¡CAMINA por el buen CAMINO!  Huye de lo oscurito y ve hacia la Luz.